De tanto exorbitar los ojos, se le dan a uno la vuelta los párpados. Hay una nueva especie vinculada al ser humano que está desbordando los límites de lo asumible y rescatando lo que ya se acordó que no lo era.
El Gobierno de Javier Milei intenta sacar la pata tras el alboroto generado por su decisión de rescatar la denominación de los grados de discapacidad intelectual que introdujo hace tres décadas Carlos Menem, que desaparecieron de la normativa argentina por sentido común. Así, las personas con distinto grado de discapacidad se califican en el decreto gubernamental como “débiles mentales” profundos, moderados o leves, “imbéciles” o “idiotas”. La falta de sensibilidad puede parecer un mero error al elegir un sinónimo, pero esto es mucho más. Para empezar, los términos no son sinónimos y, además de calificativos, idiota o imbécil son insultos. Cabría suponer que este es un dato desconocido por Milei y su equipo, desconocimiento que tiene como sinónimos incultura, analfabetismo e inconsciencia. Si solo fuera eso, bastaría con recordar al presidente argentino y sus adeptos que no es lo mismo identificarlos como seguidores que como secuaces. Que la falta de humanidad que denota su uso del lenguaje se puede calificar de implacable, brutal o duro, pero también de cruel, inhumano, desalmado, despiadado e insoportable.
Pero detrás hay la calificación de quienes acceden a una pensión por discapacidad y el señalamiento negativo no parece exento de la intención ocultar, enterrar, el problema por la vía de generar escarnio público del que reclame su derecho. Siendo así, la naturaleza de la iniciativa sería despreciable; es decir: vil, deleznable, indigna, innoble, infame, aborrecible, ruin o rastrera. Y su intención, éticamente desagradable. Esto es; nauseabunda, repulsiva, repugnante, hedionda, infecta, pútrida... por falta de sinónimos no va a ser.