Es especial por muchas razones: por la candidez de sus protagonistas, los niños, y por su carácter festivo; porque se celebra de día, y porque, aunque no es la primera, de alguna forma da el pistoletazo de salida oficial a las procesiones de Semana Santa. Y este domingo lo ha sido aún más, tras dos años sin poderse haber celebrado procesiones en Bibao.
El paso del Borriquito ha vuelto a congregar hoy a miles de personas, más si cabe que en ediciones precedentes, que con sus palmas y ramas de laurel han podido disfrutar de nuevo de un desfile que traspasa el carácter religioso y que, pese a la solemnidad de las fechas, no ha perdido su espíritu más tierno y festivo.
"Es una procesión especial: las palmas, el borriquito... De pequeña venía siempre también. Más que por un razón religiosa, es una tradición", explicaba Naiara Ingelmo, que esperaba sentada en la acera el paso de la procesión junto a sus dos hijos de 4 y 3 años, a los que no les faltaba su correspondiente rama de laurel. "La primera vez que vinimos Aiur era muy pequeño y Ekai ni siquiera había nacido", explicaba junto a sus hijos de 4 y 3 años. Vecinos de Bilbao, de hecho es la única procesión de Semana Santa a la que acuden, aunque a Naiara sí le gusta ver desde la ventana los pasos que llegan o salen de la cercana Quinta Parroquia. "No vamos a verlas porque a esa hora de la noche los niños ya están dormidos pero me gusta verlas por la ventana".
Han sido de los afortunados en encontrar sitio en primera fila; el entorno de la parroquia de San Vicente, de donde ha partido la procesión, tanto los jardines de Albia como las calles adyacentes por las que ha transcurrido el recorrido, han estado atestadas de personas, muchas de ellas familias enteras, que han vueltado a reencontrarse con uno de sus pasos favoritos de Semana Santa tras dos años en blanco por la pandemia del coronavirus. Sí ya de por sí suele ser una procesión multitudinaria, este año se han batido todos los récords; imposible hacerse con un hueco hasta llegar a la Gran Vía. "Mira, desde aquí vamos a verlo fenomenal", llevaba de la mano un aitite a su nieto, cámara de fotos al cuello.
AGOTADAS LAS PALMAS TRENZADAS
Prueba de ello han sido, por ejemplo, el medio centenar de palmas trenzadas, a 10 euros la unidad, que la cofradía organizadora de la procesión, La Pasión, vendía pie de parroquia, agotadas desde primera hora. "Suele ser habitual que las vendamos todas pero este año se han vendido mucho más rápido. Se nota que ha venido más gente", explicaba Paloma González, que seguía repartiendo palmas sin trenzar, estampas y medallas.
Muy cerca, otro puesto despachaba también sin descanso rosquillas y ramas de laurel, dejando elegir a los clientes las más bonitas.
Ibai, de siete años, esperaba con una palma al borriquito junto a su madre, Pilar Illana. "Normalmente estoy fuera pero este año me ha tocado aquí y hemos querido venir, aprovechando que hace buen tiempo", afirmaban. "Es la que más me gusta; si nos vamos fuera de vacaciones, intentamos ir a sitios que haya procesiones para llevar al niño, que es la que más le gusta también. Es la que da comienzo a la Semana Santa de una forma alegre, de cara a los niños es la que más les puede llamar la atención. Y este año, tras dos años sin poder verlas, estábamos todos deseosos de poder hacerlo; te da la impresión de que poco a poco vamos recuperamos la normalidad".
LOS NIÑOS, PROTAGONISTAS
Un grupo de ocho niños de la cofradía de La Pasión han sido los encargados de abrir el desfile. Y es que, un año más, han sido ellos los auténticos protagonistas, tanto fuera como dentro de la procesión. De la mano de cofrades adultos o marchando por sí mismos, muchos de ellos sin levantar apenas un metro del suelo, han caminado orgullosos, la mirada fija en el frente y el paso firme, siguiendo solemnemente el ritmo de tambores, trompetas y cornetas, muchos de ellos con el característico capirote.
Tras ellos, las nueve cofradías han partido de San Vicente y, por la Gran Vía, han llegado hasta Moyúa para regresar por Colón de Larreategi, cada una con sus hábitos característicos: el blanco y celeste de Nuestra Señora de La Merced, el negro de la Santa Vera Cruz, el morado de Nuestro Padre Jesús Nazareno, el blanco y granate de la Madre de Dios de las Escuelas Pías... Los trinos de las trompetas y el retumbe de tambores, que este año han sonado con más fuerza si cabe, anunciaban la llegada de nuevos cofrades. Y para cerrar la procesión, la Magdalena y la esperada entrada a Jerusalén de Jesús a lomos del borriquito, coronada por una gran palmera.