Entre las renovaciones de las ejecutivas territoriales y de la nacional, el PNV ha padecido seis meses de la más cruda exposición pública. Ni remotamente tiene parangón con la que han experimentado el resto de las formaciones políticas de nuestro entorno que también han vivido recientemente sus procesos internos. La diferencia del relieve mediático otorgado en función de las siglas, daría para varias tesis doctorales de politología o de ciencias de la comunicación. También para alguna de psicología, porque la condición humana -especialmente en sus vertientes más negativas- ha jugado su papel en este medio año de sobreatención interesada. Vendettas, agravios autopercibidos, envidias, soberbias adosadas a egos de la talla XXL o simples pero muy dañinas querencias por enredar han conseguido, con la ayuda inestimable de ciertas cabeceras de diverso signo que han regalado altavoces a tutiplén, colar el cuento chino de la fractura ya irreparable. Eso, cuando un diagnóstico desapasionado sobre la situación interna concluiría que la pretendida división es la mera expresión de la pluralidad de una formación que, frente a los estereotipos al uso, tiene una base transversal desde mucho antes de que se pusiera de moda el concepto de transversalidad.
Lo apunto como puras notas de contexto. Esta agua pasada ya no puede mover molino. Aunque de vez en cuando haya que echar una ojeada al retrovisor, la mirada hay que dirigirla hacia el frente. El trabajo que le aguarda a la nueva dirección jeltzale es ímprobo y lo va a tener que desarrollar en unas circunstancias muy delicadas -casi de tormenta perfecta-, con la otra familia abertzale surfeando sobre la cresta de la ola con viento a favor y una oposición de pancarta y tentetieso buscando forzar el cambio de ciclo. La clave será ganarse a la sociedad. Y el paso previo de puertas adentro está en una de las palabras más utilizadas en el paso de testigo de Ortuzar a Esteban: unidad.